En otra de esas tantas noches que tuvo a lo largo de su historia, Boca se impuso ante São Paulo y se instaló en las semifinales de la Copa Sudamericana 2026, donde enfrentará a Vasco da Gama.
No le ganó de punta a punta. De hecho, el empate 1-1 lo pone a las claras, pero el Xeneize fue claramente superior a un rival que mostró más deficiencias que virtudes. Señalar eso nada tiene que ver con bajarle el precio a la alegría que el equipo argentino se llevó de un Estadio Morumbí repleto para la ocasión, pese a las adversas condiciones climáticas. Tampoco es un dato menor.
Horas después del encuentro, en el aire se percibe que no fue un compromiso ni un triunfo más. Esa visión tal vez tenga que ver con que, más allá de ser efectivamente mejor que sus rivales o simplemente quedarse sin nafta, en este tipo de momentos determinantes, Boca venía hace rato dejando a pata a sus hinchas.
Gran parte de la responsabilidad de este momento que atraviesa el club de la ribera seguramente es de Rodolfo Arruabarrena, su entrenador. Un director técnico cuyo nombre no figura en las grandes marquesinas, que hasta aquí no tuvo una carrera de libros de historia, pero que está hecho a la medida del puesto, al menos para este momento puntual.
El Vasco, en primera instancia, es un hombre de la casa. Tras un exitoso período como futbolista sobre el cierre del siglo pasado, también se calzó el buzo y no desentonó en su primer paso como estratega. Ahora le llegó una nueva oportunidad, una oferta que, como decía Marlon Brando cuando interpretó al mítico Vito Corleone en "El Padrino", no podía rechazar. Y la está aprovechando de la mejor manera.
Es que en esta actualidad, una década después de aquella vertiginosa primera etapa, volvió con más experiencia y, fundamentalmente, con sabiduría. Claro está que el trabajo en el verde césped lo hacen los jugadores. Sin embargo, hay que pensar más de un rato para recordar a un Boca que haya salido a jugar como lo hizo ayer, con voluntad y cierta voracidad, al menos desde la intención, e independientemente de todas las debilidades del Tricolor, como ya se mencionó. Allí hay que sumarle un punto al DT.
El conjunto azul y oro no fue un vendaval ni mucho menos. Un dato a tener en cuenta es que, sacando el gol de Leandro Lozano a los 15 minutos del complemento, prácticamente no pateó al arco, además de que el gol tardío del combinado local lo llevó a arrinconarse contra su área y a pasar algunos minutos de sufrimiento antes del estallido final.
No fue una tromba, pero jugó de manera inteligente en un escenario siempre complejo. Jamás buscó arriesgar innecesariamente y priorizó el orden como herramienta para que el tiempo pasara y los dirigidos por Dorival Junior fueran invadidos por el nerviosismo, como sucedió. Así también se disputan y se dejan atrás instancias de este calibre.
El Vasco tomó el timón, acomodó el barco Xeneize y sueña con llevarlo a buen puerto. Gentileza: FotoBaires
El hecho clave es este: Boca no deslumbra, pero tiene mucha mayor consciencia. La consciencia de que, con todos sus defectos y faltas, tiene armas que explotar y aprovechar. A la vez, otra cuestión fáctica es que todavía no ganó nada y ahora tendrá que volver a Brasil para intentar meterse en una nueva final continental.
Pero tanto para O Gigante da Colina, su próximo escollo, como para los clubes de la otra parte del cuadro, tener a Boca al acecho no debe ser una cuestión nada agradable. Todos ellos, tal vez pongan el ojo en la gigantesca historia del elenco de la ribera y de más está decir que algo de ese intangible, muchas veces llamado mística, se pone indefectiblemente en la balanza.
Concretamente, este Boca, aún lejos de esos tiempos dorados, busca aferrarse a varios de los factores que forjaron su identidad copera y lo hicieron temible en Sudamérica. ¿Habrá significado la cita de ayer un punto de inflexión para llegar a ese éxito que le quedó lejos? Solamente el tiempo lo dirá.

