Este jueves vuelven al cine las hermanas Owens, las brujas más queridas y con los mejores vestuarios de los años '90. Con una secuela de "Practical Magic" protagonizada una vez más por Sandra Bullock y Nicole Kidman, la historia vuelve a poner en el centro la hermandad, ese vínculo que atraviesa la película desde el comienzo y que se convierte en una de las claves de su universo de fantasía.
Pero hay algo más, además de las impecables actuaciones de sus intérpretes, que hizo que este clásico se convirtiera en un largometraje tan recordado y es su estética "whimsical". El concepto se relaciona con aquello que resulta encantador, peculiar, fantasioso y hasta un poco excéntrico, como si la realidad cotidiana pudiera convivir naturalmente con la magia.
En el caso de las hermanas, aparece en sus casas llenas de objetos particulares, los vestuarios, los colores y los rituales, pero también en una mirada sobre las brujas que se aleja de la figura de la mujer misteriosa, peligrosa o culpable que tantas veces aparece en los relatos y las representaciones clásicas. Acá la magia no las convierte en monstruos: es parte de su identidad, de su libertad y también de la manera en que construyen su propia historia.
¿De qué se trata la secuela del clásico de los '90 que vuelve a contar la historia de las brujas más queridas?
¿De qué se trata la secuela del clásico de los '90 que vuelve a contar la historia de las brujas más queridas?
Entre secretos ocultos, complicidades de hermanas, pérdidas familiares, unas copitas de margarita, amores imposibles y una maldición que no termina de desvanecerse, "Practical Magic 2" llega para zambullir a los espectadores una vez más en la vida de una familia de brujas que no puede enamorarse sin sufrir las consecuencias de romper una antigua regla impuesta sobre ellas.
En esta nueva entrega, la historia vuelve a poner a las hermanas Owens frente a uno de los vínculos que más peso tiene en su historia: la familia. Esta vez, Sally y Gillian ya no son solamente las que intentan sobrevivir juntas a las consecuencias de la magia, sino también una madre y una tía que tienen que enfrentarse a una situación que una de ellas quiso evitar durante años: contarles a sus hijas que son brujas.
Y no es un detalle menor. Para Sally, volver a hablar de magia significa abrir una puerta hacia un pasado que durante mucho tiempo intentó dejar atrás. Después de todo lo que atravesó por culpa de aquella maldición, la posibilidad de que sus hijas tengan que pasar por algo parecido genera un conflicto que va mucho más allá de lo sobrenatural.
El hechizo es justamente la razón por la que el amor siempre fue un terreno complicado para ellas. Durante generaciones, las mujeres de la familia cargaron con la imposibilidad de vivir un amor sin sufrir una pérdida, como si enamorarse tuviera inevitablemente un precio. Por eso, el conflicto no pasa solamente por romper el mal encantamiento al que estaban sometidas: también se trata de cortar con una historia familiar que durante demasiado tiempo decidió por ellas cómo podían amar y qué podían perder.
Pero si hay algo que sigue funcionando tan bien como en la primera película es la relación entre Sandra Bullock y Nicole Kidman. La química entre ambas se mantiene intacta y vuelve a ser uno de los grandes atractivos de la historia. Sally y Gillian pueden discutir, tener personalidades completamente diferentes y tomar decisiones que no siempre coinciden, pero hay una complicidad entre ellas que se siente incluso en los momentos más pequeños. Una mirada, una respuesta rápida o simplemente compartir una copa alcanza para recordar por qué el verdadero embrujo de esta historia siempre estuvo en el vínculo entre hermanas.
Es ahí donde aparece uno de los elementos más interesantes de la película: un viejo libro que conecta a Sally con ese pasado familiar y con una historia que todavía tiene asuntos pendientes. Lo que parecía enterrado vuelve a salir a la superficie y la obliga a enfrentarse no solamente con la magia, sino también con decisiones tomadas por las mujeres que estuvieron antes que ella.
La película también recupera algunos de esos detalles que hacen que el universo de la original sea tan particular. Las casas, los objetos, la ropa, los rituales y esa mezcla entre lo cotidiano y lo mágico vuelven a construir una atmósfera que se siente propia. Incluso las margaritas tienen su lugar dentro de este mundo, como uno de esos pequeños guiños que conectan con el espíritu.
No hay escenas que se sientan completamente de más ni momentos que parezcan estar solamente para estirar la historia. Incluso cuando la película se mete de lleno en lo sobrenatural, el centro sigue estando en algo mucho más reconocible: la familia, el miedo a repetir viejas historias y el deseo de proteger a los seres queridos.
Y quizás ahí esté uno de sus mayores aciertos: volver a hablar de brujas sin convertirlas solamente en figuras oscuras o peligrosas, sino como mujeres que buscan decidir por sí mismas qué hacer con su propia historia. Es más, los hombres siempre en esta trama fueron colocados en un segundo plano porque lo interesante es la hermandad, la importancia de sentirse escuchada, acompañada y mimada por tu par.